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martes, 18 de octubre de 2016

LA LEY DE LA MARATÓN




Una maratón es como una montaña. Desde lejos puede parecer fácil de escalar, pero nunca lo es. Para conseguirlo primero hay que estudiarla, conocerla, saber a qué te enfrentas y preparar minuciosamente su asalto, cuidando siempre los detalles, asegurando cada movimiento, sabiendo cuáles son nuestros límites. Lo mismo ocurre con los 42.195m,  jamás te darán más de lo que mereces, no existen los milagros. Tanto das, tanto recibes.


En 2012 debuté en la distancia de Filípides, fue en la Marathon de París. Al ser mi primera experiencia la afronté con cierto temor. Recuerdo perfectamente las palabras que sabiamente me escribió Sergio Supervía en un mail: “Trata a la maratón con respeto y cariño y te dará las mayores satisfacciones  que puedas recibir en el atletismo, tanto que volverás a repetir;  pero no te creas superior a ella porque te hará sufrir como pocas veces lo has hecho”. Lo cierto es que, a pesar de que en los últimos kilómetros sufrí una retahíla de calambres que me  hicieron perder más de 6 minutos y que por ende me impidieron bajar de 2h30, la disfruté mucho. Y efectivamente, repetí de nuevo, esta vez en un campeonato autonómico, en la MCD de Tarragona 2015, un circuito un poco más complicado, sobre todo al final, donde conseguí ser segundo de Cataluña con 2h38 y quinto de la general. También, para variar, sufriendo calambres en los postreros 7 kilómetros que me hicieron perder dos puestos en la clasificación.

En ambas hice una preparación específica con varias tiradas largas, aunque lo cierto es que en el cómputo global de kilómetros semanales me quedaba un poco corto, apenas llegaba a los 70. Es decir que mi preparación muscular no me daba más que para llegar bien como mucho hasta los 35km. Así pues me planteé hacer un tercer asalto. La ciudad elegida fue Ámsterdam en octubre. Para ello busqué una que tuviera un circuito plano y la complicidad de varios de mis compañeros de entrenamiento. Convencí a Lolo García, Daniel Martínez y Josep Salicrú, para que la corrieran también. La idea era que así, entre todos, hiciéramos una preparación específica para intentar conseguir un buen registro. Sobretodo trabajar la fatiga muscular haciendo más kilómetros y evitar los temidos calambres motivados por la falta de costumbre a tanto impacto en la parte final de la carrera.



Sin embargo, todo se torció desde el principio. El mismo día que me saqué el dorsal, unos 4 meses antes, empezó a dolerme el tendón de Aquiles. Como ya había convencido a mis compañeros de ir, seguí adelante con la idea. Pero el tendón no aguantó ni una semana de entrenamiento. A la primera tirada de 20k, el dolor se me agravó hasta el punto de dejarme completamente cojo y sin poder correr durante más de 10 días. Parecía que había tiempo para poder recuperarme, así que seguimos adelante con los preparativos del viaje, avión y hotel, todo concertado. Pasaban las semanas y el tendón no aguantaba ni los ritmos de 3’30/km, ni las tiradas largas. Cada vez que lo forzaba se inflamaba y me dejaba varios días en el dique seco sin poder correr. Probé hacer bici estática para no perder la forma o incluso circuitos de montaña, donde al ser un ritmo inferior no me dolía tanto. Pero una maratón es una maratón y para prepararla con garantías hay que  trabajar el ritmo y la distancia sí o sí. Y yo no estaba haciendo ni una cosa ni la otra. El 16 de octubre, día de la carrera, se acercaba y aún piensas que podrás hacer alguna tirada larga por asfalto que te ponga las pilas, encontrar con ello esas sensaciones maratonianas tan especiales. Pero nada. Al final, el entrenamiento se basaba en intentar hacer cosas más cortas para evitar sobrecargar el talón y esa pretendida sensación de poder hacer muchos kilómetros a ritmo no aparecía por ningún lado. Incluso hacer un 10k me parecía largo y pesado.

Hasta tres veces llegué a decidir que no iba a correr, que no estaba preparado. Pero ver a mis compañeros entrenar y querer compartir con ellos ese fin de semana en Holanda me hizo decidir viajar y finalmente tomar la salida.




Fui con una mentalidad positiva, salí sin pensar demasiado en que no había hecho los deberes. Mi táctica fue ir a un ritmo más lento que en las anteriores que había hecho. Busqué correr cómodo a un ritmo de 3’48/km, a 2h40. Sí, al principio parecía factible, efectivamente iba cómodo, pero a diferencia de otras veces los kilómetros no pasaban rápido. El 10k tardó mucho en llegar, a pesar de cumplir el ritmo de 38’ que me había marcado. Poco a poco el dolor en el Aquiles se extendía al gemelo y al isquio, y eso me iba minando la fuerza mental. No conseguía abstraerme, iba demasiado pendiente de las sensaciones, de las malas sensaciones. En el kilómetro 13 las molestias se incrementaron y empecé a correr mal, a apoyar mal. Mantener el ritmo ya requería de un esfuerzo que a estas alturas de carrera no se debe hacer. Y es que para ir bien, la media maratón hay que pasarla, como quién dice, casi sin darse cuenta, sin gastar un ápice de fuerza. Y yo la pasé a 1h20-21 como tenía previsto, pero notando ya un esfuerzo y un desgaste totalmente inadecuado. Era imposible seguir así, pronto perdí el ritmo y las piernas pesaban más de la cuenta. Realmente es lo que había entrenado…  en estos meses no había hecho nunca más de 23-24km seguidos a ritmo. Eso es lo que yo le había dado a la Maratón y eso es lo que me correspondía. Aún avancé hasta el kilómetro 28, en un intento de seguir hasta la meta, pero ya no había nada que hacer, mi cadencia y mi mente estaban ya totalmente fuera de carrera, las molestias me bloqueaban las piernas. Había sucumbido a la maratón y debía aceptarlo. Seguir hubiera sido perjudicial y decidí optar por la retirada.

Uno siempre cree que puede sonar la flauta, en un ataque de optimismo puedes llegar a pensar “quizá me encuentre bien, pueda llegar a meta y hacer una gran marca”, pero no, la ley de la maratón es implacable. Afortunadamente pude ver como mis compañeros Dani (2h49) y Salicrú (2h53) hacían marca personal, este último además, montañero debutante en una maratón de asfalto. Lolo intentó el 2h30, pero el ritmo que llevaba quizá era muy exigente y tras pinchar buscó al menos llegar a meta con una marca de 2h57, un entreno más para volver a intentarlo. Ellos volvieron con una merecida medalla de finisher y yo con una lección bien aprendida y una experiencia más en el zurrón.









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